ORDENANZAS DE LA NOBLE VILLA.

Para la buena convivencia de una ciudad son necesarias unas normas, leyes o reglas que todos respetemos y acatemos.
Las primeras ordenanzas de las que se tiene constancia datan de 1399. En ellas se podía leer sobre los cultivos de uva y los viñedos que existieron en Bilbao y sobre la prohibición de introducir en la villa otros vinos que no fueran de producción propia, mientras duraba la cosecha, ya que se daba prioridad a nuestros caldos.
Otro curioso decreto, en este caso de 1483, instaba a los vecinos a prender fuego en forma de pequeñas hogueras delante de la puerta de sus casas cuando llegaran personalidades como reyes o príncipes a nuestra villa, para, así, agasajarles.
En 1566, la ordenanza más curiosa, fue la referente a las invitaciones. Era habitual en aquella época, (como ahora), celebrar bodas, bautizos y nacimientos, y solían hacerlo con productos poco habituales en las mesas de los bilbaínos, así que el Ayuntamiento decidió que, únicamente, podrían ser repartidas pasas, higos y frutos de la tierra y quien esquivara esta ley debería abonar 10000 maravedís de multa.

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De aquellas leyes no se libraron ni los muertos. Se decretó que no se permitía llorar a los difuntos ni en casa, ni en la calle, ni mucho menos en la iglesia, (costumbre muy arraigada en toda la provincia) bajo pena de 3000 maravedís.
Era también muy típico contratar plañideras para el velatorio. Las mejores, dentro de esta fúnebre profesión, eran las bermeanas que se colocaban a la vera del difunto y a pleno grito enumeraban las proezas y virtudes del fallecido.
Para mejorar la salubridad y limpieza de las calles en los siglos XV y XVI se estableció el deber de limpiar la parte delantera de las casas cada sábado.
Tampoco se permitía deambular por las calles de la villa a los mendigos y, a los pobres que llegaban de otros lugares, se les propinaba 100 azotes y se les obligaba a abandonar la ciudad.
Jugar a naipes era otra de las ilegalidades que si se incumplía se castigaba con 900 maravedís y nueve días de cárcel.
En las iglesias se prohibió levantarse de los sitios durante el sermón, algo muy habitual entre las mujeres que llevaban su almuerzo y lo repartían entre ellas, moviéndose de sus asientos con la consiguiente molestia para el resto de fieles.
Leyendo estas ordenanzas realmente pienso ¿De qué nos quejamos?

UNA CASA MUY MATERNAL

A finales del siglo XIX se hizo necesaria la creación de una Casa de Maternidad en la villa. La sociedad estaba cambiando y, cada vez, eran más las jóvenes y no tan jóvenes que por su inocencia o, por todo lo contrario, quedaban encinta. Por ello, la Diputación Provincial de Vizcaya impulsó este proyecto social.

Al principio se instaló para tal fin un piso refugio en la Plaza de la Cantera, atendida por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, quienes debían cuidar de la ropa, las camas, la comida y la limpieza.

Además había una comisión asignada por la Diputación para gestionar aquella obra benéfica.

Por supuesto contaban con un médico que visitaba a aquellas mujeres acogidas en el piso, una vez al día, por lo menos. Debía permanecer siempre de guardia y ocuparse de intervenciones y partos complicados.

Asimismo, la comadrona, era de vital importancia en este proyecto. El médico delegaba algunas funciones en ella, como por ejemplo los partos sin problemas.

Varias enfermeras y un capellán completaban los servicios de la Casa de Maternidad. El religioso debía inculcar a las mujeres allí alojadas, el arrepentimiento por los errores cometidos.

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Para solicitar el ingreso debían cumplir tres condiciones:

  • Ser soltera y primeriza
  • Ser de la provincia o llevar al menos tres años residiendo en ella
  • Encontrarse, al menos, en el sexto mes de embarazo.

Ya admitidas, se formaban dos grupos. Por un lado las que abonaban 2,50 pesetas diarias. Y, por otro, las llamadas «De comunidad» que no contaban con recursos económicos.

Ni qué decir tiene que el trato hacia ellas también era diferente; a las del primer grupo no se les  hacía preguntas e, incluso, se las inscribía con nombres falsos para que no se las pudiera relacionar con ninguna familia importante.

Era tal el cuidado que se dispensaba a estas mujeres para mantenerlas en el anonimato, que se las facilitaba un velo a las que asi lo querían para cubrirse la cara.

Muchos de los niños nacidos en esta casa terminaban entregados en la Casa de los Expósitos de Bilbao.

En 1895 se construyó el edificio para este fin en el barrio de Santutxu que, actualmente, funciona como Centro de Salud.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

COLLIN, GRANDULLÓN Y BONACHÓN.

La lista de personajes txirenes de Bilbao es larga y variopinta.
En este post os voy a contar la vida de uno de ellos.
Alejo Próspero Collin nació en el año 1808, fue bautizado en Vitoria y llegó a un Bilbao ocupado por las tropas francesas.
Se cuenta que sus padres, franceses, le abandonaron al finalizar aquella cruenta guerra de la Independencia.
Fue creciendo en nuestra villa y trabajando en lo que podía. Unas veces fue recadista, otras cigarrero, pero siempre andaba buscándose la vida. Una vida que no le fue fácil, abandonado a su suerte.
Se le describe como grande, gordo, de anchas espaldas y cuerpo inmenso. Se le hacían muchas bromas sobre su aspecto, ya que, debía parecerse al Gobernador Civil de aquella época.

COLLIN
Aguantaba bien las chanzas ya que, aseguran, era un buenazo.
Su popularidad alcanzaba cualquier rincón de la villa y, en cualquier rincón, se le podía ver pasar las frías noches de invierno.
Sus lugares habituales, eran la iglesia de San Nicolás y la de Santiago, donde pasaba la noche en sus pórticos.
Su perdición era el alcohol, incluso dicen que ingirió unas copas de aguarrás y petróleo creyendo que eran un exquisito cognac.
Para los niños era el “coco” aunque jamás se metió con nadie, nunca blasfemó. Era muy honrado y jamás se supo de ninguna trifulca con nadie.
Murió una heladora noche a los 35 años, debido a una hipotermia. Fue encontrado por unos trabajadores de la línea de Bermeo y le trasladaron al hospital de Atxuri.
Alejo nos dejó una frase para el recuerdo. El mantenía que “La vida hay que pasarla a tragos”
Y, si, cumplía lo que predicaba.
Fue un personaje de Bilbao, sin duda, al que la historia le recordará siempre.