UN ESPACIO PARA LAS REPRODUCCIONES.

Quizá este sea uno de los museos más desconocidos de la villa.
El Museo de Reproducciones Artísticas de Bilbao es uno de los más antiguos de la ciudad. Fundado en 1927 con la autorización de la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao.
Varios fueron los artistas que formaron parte de la Junta del Patronato, como Ricardo Bastida o Higinio Basterra.
La idea de la creación del museo era acercar el arte a los bilbaínos, a la vez que era una manera de mejorar el aprendizaje de los alumnos de Bellas Artes de la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao.
El principal promotor del museo fue Manuel Ramírez Escudero que, desde 1928 hasta 1967, presidió la Junta del Patronato.
La primera sede que albergó este museo fue las Escuelas de Berastegui en el solar que ahora ocupan los juzgados. Manuel María Smith fue el encargado de adecuar las instalaciones para las obras que allí se expondrían.
Empezaba a quedarse pequeño para tantas obras de arte y, además, en 1955 el Ministerio de Justicia dispuso el derribo de las escuelas para construir el edificio que hoy en día conocemos. Por lo tanto, se hizo necesaria la búsqueda de una nueva ubicación para el museo.
En 1957 se trasladó a unos locales en la calle Conde Mirasol, donde hoy en día se encuentra su sede administrativa y didáctica.
Actualmente, tras una reforma en 2006 de la antigua iglesia de estilo neogótico Corazón de María en la calle San Francisco, el museo se ha instalado allí.

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En este edificio de finales del siglo XIX del arquitecto municipal José María Basterra podemos descubrir una cantidad de obras no muy grande, pero sí de una gran calidad, ya que son copias directas de las originales.
Destaca el arte griego y romano, así como obras de arte musulmán, del renacimiento italiano y español o relieves de Jaén.

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En una esquina, los más pequeños pueden desarrollar su arte pintando o dibujando en unas mesitas adecuadas para ellos.

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Las vidrieras del antiguo templo religioso le confieren un especial atractivo al museo.

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Hace años que acudo asiduamente a este museo; es una manera de deleitarme con obras de arte que, quizá, nunca llegue a ver las originales.
Hasta el próximo 22 de mayo se puede visitar una exposición titulada EL GRAND TOUR, que nos cuenta los viajes de jóvenes británicos de buenas familias a diferentes ciudades italianas en el siglo XVII para ampliar sus estudios de arte, historia o arqueología.

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El museo también organiza curiosas actividades para acercarnos a la cultura, como conferencias, talleres o, incluso, bailes.
Los jueves la entrada es gratuita para todos los públicos, no lo olvidéis.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA.

EL RINCÓN DE LA MÚSICA CLÁSICA

El lugar que hoy os enseño, es un lugar con solera, con carácter, con historia… Un lugar de esos que no te dejan indiferente.
En la céntrica calle Marqués del Puerto de Bilbao se esconde un templo de la música clásica. Un espacio donde se reúnen personas de cierta edad y personas jóvenes con un objetivo común: disfrutar de un buen concierto.

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La Sociedad Filarmónica comienza su historia en una habitación alquilada en el Casco Viejo, al que denominaban el “cuartito”, a finales del siglo XIX. Primero en El Arenal, luego en la calle Correo y tiempo después en Bidebarrieta.
Eran un grupo de jóvenes intelectuales que se reunían para organizar sesiones de música donde se interpretaban sonatas, tríos y cuartetos.
Las paredes de aquel lugar tan musical estaban cubiertas por pinturas de algunos de sus miembros, como Anselmo Guinea, Manuel Losada o Ignacio Zuloaga.
Era tal el interés por este arte que, un grupo de integrantes del “cuartito”, decidieron involucrar a la ciudadanía para formar una sociedad donde pudieran disfrutar de conciertos al más alto nivel.
Fueron tres los impulsores, conocidos como los apóstoles: Juan Carlos de Gortázar, Lope de Alaña y Javier Arisqueta. Esto sucedía en febrero de 1896, cuando se constituyó la sociedad Filarmónica presidida por Emiliano de Arriaga, sobrino nieto del compositor Juan Crisóstomo de Arriaga.
El salón de actos del desaparecido Instituto Vizcaíno de la actual plaza Unamuno fue el lugar elegido para celebrar el primer concierto en mayo de ese mismo año.

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Cada vez eran más las personas interesadas en esta sociedad cultural y fue necesaria una nueva ubicación más grande. En 1902 se compró un solar en el ensanche bilbaíno, donde actualmente se halla.
El arquitecto tolosano Fidel Iturria fue el encargado de su construcción en estilo modernista con inspiración francesa.
Su inauguración se llevó a cabo el 26 de enero de 1904 con la actuación de la Schola Cantorum de París.
Los conocidos como “apóstoles” no solo fundaron esta sociedad, sino también la Academia Vizcaína de la Música, que fue el origen del Conservatorio Vizcaíno de Música y la Orquesta Municipal de Bilbao, actualmente Orquesta Sinfónica de Bilbao.
Innumerables han sido los artistas que han actuado magistralmente en esta sala de música.
Tales como Rubinstein al piano, Pablo Casals con el Chelo o Victoria de Los Ángeles cantando, por citar alguno que conozcamos todos.
La Sociedad Filarmónica a lo largo de tantos años ha sido reconocida con diferentes medallas y premios como, por ejemplo: Medalla de Honor de la Academia de Bellas Artes de San Fernando o Medalla de Oro de la villa del Ayuntamiento de Bilbao, entre otras.
Cientos de veces había pasado delante de la puerta pero jamás la había cruzado, hasta que, hace unos días, me adentré en este gran templo de la música clásica.
Lo primero que llama la atención es la anchura y profundidad de un pasillo donde, a la izquierda, un mostrador es atendido por una persona que, al explicarle que tenía una cita, enseguida procedió a avisar a Patricia Sojo, mi cicerone. Patricia es musicóloga, socia y Relaciones Externas de esta Sociedad que tan bien conoce.

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Lo primero que me muestra es el auditorio. Se trata de un espacio con capacidad para 940 personas que se sentarían en unas cómodas y bien cuidadas butacas.

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Esta sala destaca por su maravillosa acústica reconocida por los grandes intérpretes a nivel mundial.

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En el escenario un órgano que, desde la Guerra Civil, se encuentra en desuso y, por supuesto, no falta el escudo de nuestra ciudad.

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Hace años, uno de los palcos, era conocido con el nombre de “Palco de luto”; ya que allí, detrás de una celosía, se sentaban las viudas a escuchar el concierto de música sin ser vistas.
Del auditorio salgo a un pasillo con las paredes adornadas con fotografías de todos los músicos y cantantes que han actuado aquí en toda la historia de la sociedad.

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En un espacio conocido como “la rotonda” hago una parada. Este lugar sirve a los espectadores como salita de descanso en los entreactos.

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Por una escalera de madera asciendo a la zona de palcos y camerinos.
Los camerinos siempre despiertan curiosidad por parte del público y, normalmente, no son lugares que podamos visitar. Patricia, mi guía, me los enseña dándome muchas explicaciones sobre ellos. Hay varios y cada uno más bonito y acogedor que el anterior. Todos decorados con imágenes de artistas, compositores, intérpretes… Algunos conozco, pero pocos.

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Para finalizar, Patricia me cuenta una divertida anécdota. Hace años, la pianista Alicia de Larrocha, vino a grabar aquí un disco, pero ella quería hacerlo por la noche, por la tranquilidad y el silencio. No muy lejos de aquí se hospedaba en un lujoso hotel y, cuando regresaba de madrugada, era objeto de miradas de extrañeza por parte de los empleados que no debían saber quién era ni qué hacía a esas horas intempestivas una mujer sola por Bilbao.
Me detengo ante un cuadro pintado por nuestro más insigne compositor cuando era un adolescente: Juan Crisóstomo de Arriaga.

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Mi recorrido por este mágico y musical lugar termina dándole las gracias a Patricia por su tiempo y sus enriquecedoras explicaciones.
Cuando pase por delante de sus puertas ya no tendré que imaginar lo que sucede dentro. Ahora ya lo sé.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

ATRACCIONES PARA EL RECUERDO

Los de mi generación lo recuerdan perfectamente. Recuerdan el autobús que partía de la plaza del Ensanche lleno de jóvenes con ganas de divertirse cargados de mochilas con bocatas y que, horas después, nos bajaría de nuevo, después de esperar una larga cola, al mismo lugar.
Recuerdan las pirámides, la montaña rusa, el zoo, la piscina, la casa encantada, los cars…y muchas cosas más que permanecerán con nosotros aunque una excavadora arrastre todo lo que una vez fue el Parque de Atracciones de Bilbao.
Situado en la ladera del monte Ganguren ocupaba 10 hectáreas de terreno.
A principios de los 70 la Diputación Foral de Bizkaia impulsó una iniciativa para crear un parque de entretenimiento al aire libre.
Esta institución otorgó a la Sociedad Parque de Atracciones de Vizcaya S.A. la construcción de este lugar que serviría para diversión de personas de todas las edades. En esta sociedad participaban tres entidades financieras y la gestora Parque de Atracciones de Madrid.
Las obras comenzaron en 1973 y, un año después, se inauguró el que sería durante quince años el mayor parque de atracciones de Bizkaia, incluso se aseguraba que, durante un tiempo, fue el más moderno y mejor parque de Europa.

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Se utilizaron 13 toneladas de dinamita para remover 300 000 metros cúbicos de tierra y la inversión económica fue de 515 millones de pesetas.
La plantilla de trabajadores estuvo formada por 130 personas.
En 1975 la afluencia de público fue de 447 000 personas en todo el año.
Contaba con numerosas y variadas atracciones para todos los públicos y edades. Nadie se aburría en sus tiovivos, campamentos indios, casas encantadas, pista de cars, montaña rusa, gusano loco y muchísimas más. En los primeros años se inauguraba una atracción por temporada.
Tampoco faltaba una piscina que había que pagar aparte y que no era muy utilizada. Un anfiteatro en el que se podía disfrutar de muchas actuaciones en un gran escenario, un mini zoo donde los animales se alojaban en un edificio de hormigón y en unos estanques exteriores, completaban las instalaciones.
No faltaban cafeterías, restaurantes y tiendas de golosinas, así como un impresionante aparcamiento gratuito en el exterior.

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La forma de pago fue diversa. Al principio se abonaba una entrada de entre 10 y 20 pesetas por acceder a las instalaciones, pero luego en cada atracción debías pagar un importe para obtener el ticket. Más tarde aumentó el precio de la entrada pero podías montarte en casi todas las atracciones por ese precio, excepto en los kars, las motos y la selva mágica.
El horario también fue variando. Al inicio de su actividad el parque abría todos los días de marzo a septiembre, fines de semana y festivos de todo el año. Luego se fue limitando el horario y se decidió cerrar durante el invierno. No tenía mucho sentido que permaneciera abierto con la meteorología de nuestra ciudad.
Hubo un tiempo en los años 80 que solo se abría los sábados por la tarde y los domingos todo el día hasta las nueve de la noche.
Poco a poco iba decayendo el interés por tan magnífico parque. Fueron muchos los factores que llevaron al cierre. Por un lado el tiempo no acompañaba para disfrutar de unas instalaciones al aire libre. También la zona, tan alejada de Bilbao, con tan mal acceso por carreteras sinuosas hacía interminables las subidas y las bajadas provocando retenciones de hasta una hora.
Fue mucha la publicidad tanto en prensa escrita como en cuñas publicitarias que nos hablaba a diario de la diversión de este parque, de sus atracciones y de lo felices que seríamos si subíamos a comprobarlo.
Varios logotipos fueron distintivos de este, hoy, olvidado lugar. Desde un árbol con una noria, hasta un txinbo o un basajaun.
Todos los intentos de conservación fueron en vano. En el año 1985 empezó el declive que fue imparable a pesar de los grandes esfuerzos y la ampliación de capital.
El que fuera un centro de diversión y entretenimiento de tantos y tantos bizkainos cerró definitivamente sus puertas en 1990 y los únicos que pueden acceder son los empleados de seguridad que cuidan de estos fantasmas de hierro día y noche.
Este año 2016 será demolido totalmente para disgusto de muchos que llevamos en nuestro corazón recuerdos imborrables de aquellos felices días de infancia y juventud.
Hace unas semanas subí a tomar alguna fotografía desde el exterior, por supuesto.

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Los ladridos de varios perros me dejaron bien claro que mi presencia allí no era muy grata. Aun así me acerqué lo que pude mientras mi mente volaba a los años 80, a mi cuadrilla, al grupo Mecano que pude ver en directo, a las carreras para ponernos en la cola de la atracción de moda, a las risas frente a aquellos espejos que distorsionaban la imagen y te hacían parecer un globo o un alambre.
Os dejo algunas imágenes que seguro os harán recordar.

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FOTOS: Tanto las de blanco y negro tomadas hace 30 años, como las actuales son de ANDONI RENTERIA.