MONTELLANO, CUNA DE TRUEBA

Montellano es un barrio del pueblo de Galdames al que decido ir una mañana.
A 30 Kms de Bilbao, en coche tardo media hora.
Mi objetivo además de dar una vuelta por este rincón de Las Encartaciones es claro: iba a visitar las ruinas del caserío donde vino al mundo el escritor Antonio Trueba, también conocido como Antón el de los Cantares.
La buena temperatura y el cielo despejado ayudan a que el paseo sea relajado y agradable por un entorno en plena naturaleza, alejado de ruidos, tráfico, humos y estrés.
Aparco el coche sin problema al lado de un bar, posiblemente, el único de esta pequeña aldea.
Me dirijo a la iglesia Santa María que, para mi decepción, se encontraba cerrada. Así que, me quedo sin contemplar su interior que seguro será una maravilla. Me siento a escuchar el silencio.

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Varios caseríos diseminados conforman este bucólico lugar; se oyen perros a lo lejos y me cruzó con tres personas atareadas en sus labores agrícolas.
Montellano se encuentra en un alto, por lo que ofrece espléndidas vistas a los montes de alrededor.
Antonio Trueba nació una nochebuena de 1819 y, a los quince años, emigró a Madrid junto con un primo, huyendo de la primera guerra Carlista y evitando así que le llamaran a filas.
Fue en la capital donde comenzó su interés por la literatura y donde escribió sus primeros textos que no eran sino recuerdos de sus años vividos entre Montellano y Sopuerta.
Tocó varios géneros pero, sin duda, destacó en novelas de corte costumbrista con escenarios como Castilla y la vida rural en el País Vasco.
Varias placas recuerdan los aniversarios de su muerte; alguna firmada por escolares de la zona. Me gusta comprobar que un autor como Trueba no cae en el olvido y que su obra está a salvo con las nuevas generaciones.

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A pocos metros de lo que fue su hogar, un majestuoso tilo en una esquina, es testigo de la admiración que la gente profesa al autor de EL LIBRO DE LAS MONTAÑAS o CUENTOS DE COLOR DE ROSA entre otros volúmenes.

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En estas piedras que forman parte de lo que queda de su casa, puedo leer el poema que también está inscrito en la lápida donde descansan sus restos en la iglesia San Vicente Mártir de Abando en Bilbao.

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«Dicen que el cisne cuando muere, canta;
y hoy tanto de mortal mi dolor tiene
que acaso es la del cisne mi garganta».
Antonio Trueba falleció el 10 de marzo de 1889 en Bilbao habiendo dejado una extensa producción literaria.
Con fondos recaudados por vascos en América y, aquí, en Bizkaia, se financió un monumento con la figura del autor sentado mirando al infinito realizado por Mariano Benlliure en 1895 y que podemos admirar en los Jardines de Albia.

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FERRERÍA EL POBAL, UN VISTAZO AL PASADO.

El 17 de junio de 2004 se inauguró este museo; aunque no se trata de un museo cualquiera, sino de un conjunto de construcciones, salas y jardines en los que, además de disfrutar, se aprende y se vive una experiencia única sobre una profesión en desuso hoy en día y ejercida solo como artesanía.
El lugar al que me refiero es la FERRERÍA EL POBAL.

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Para llegar hasta aquí desde Bilbao se debe ir primero a Muskiz y, de allí, os dirigís hacia Sopuerta, donde empezaréis a ver por la carretera carteles indicando el camino a seguir.
Eran las doce y media de un sábado cuando aparco el coche en el estacionamiento habilitado para los visitantes del museo.
La ferrería desde aquí no se ve, hay que atravesar un pequeño puente rodeado de naturaleza en estado puro junto al río Barbadún. Antes de acercarme a las instalaciones del museo decido ver la presa construida para suministrar de agua y, mediante un canal, alimentar a la Ferrería.

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El campo está precioso con ese verdor y tantas flores. Me detengo atraída por unas amarillas y una solitaria cala.

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En la presa no puedo hacer mucho el tonto ya que puedo terminar en el agua y a ver quién me rescata. Pero, en la orilla del río disfruto tirando alguna piedra para conseguir hacer ondas, sin mucho éxito.

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A muy pocos metros me adentro en un increíble bosque de bambú, no recuerdo nunca haber estado en uno igual. Los troncos son muy flexibles y si los mueves un poco se balancean produciendo un curioso sonido.

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Me dirijo hacia la ferrería donde lo primero que veo es la casa palacio de los Salazar del siglo XVI edificada como vivienda para los ferrones y que, actualmente, se utiliza como recepción y salas de exposiciones, además de contar con una pequeña tienda donde adquirir algún objeto como recuerdo de la visita.

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En el exterior existe una pequeña catarata que da movimiento al molino para el fuelle.
A la hora fijada, uno de los guías, nos indica que le sigamos mientras nos va dando detalles de este lugar donde se trabajaba el hierro.

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Pasamos por una sala que es el depósito de carbón, donde vemos unas pilas enormes de este mineral y llegamos al fuelle. Nuestro guía nos explica que, para su funcionamiento, el agua debe pasar por el molino y, de esta manera, el aire alimentará el fuego que se encuentra al otro lado de una pared, en otra estancia donde el calor era soportable para permanecer un ratito, eso me hace imaginar lo duro que sería trabajar allí varias horas seguidas.

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El encargado de mostrarnos cómo funcionaba se llama Luis Mari y él pone en marcha el martillo pilón, advirtiéndonos del ruido para que no nos asustemos, que golpea sobre un yunque.
Mientras continúan los golpes observo un pequeño rincón con unas alacenas que sirvió como oficina donde se realizaban las cuentas administrativas.

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Finalizada esta demostración, continuamos la visita en la sala de metalurgia. Allí, el mismo Luis Mari, nos enseña diferentes barras de hierro y sus variaciones de color cuando se calienta.
La temperatura para trabajar y moldear estas barras oscila entre los 1200 y 1400 grados.
Desde una posición segura observo y atiendo a todas sus explicaciones que recibimos delante de la fragua.

Son muchas las herramientas de las que disponían para trabajar el hierro y las exponen para recrear lo que fue aquella durísima profesión.

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Pasados unos minutos y, después de habernos mostrado este ancestral arte, el guía nos invita a salir y visitar el molino fluvial construido a principios del siglo XVII que funcionó hasta los años cuarenta de la pasada centuria.

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A él acudían los labradores de la zona donde, por un precio ya estipulado, se les permitía moler tanto el maíz o pienso como el trigo ya que, como se puede ver, disponía de dos muelas.
No me resisto a coger una criba y probar a colar la harina de trigo.

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En el exterior, unas ruedas de molino apoyadas contra el muro del edificio, me sirven para subirme y pedirle a Andoni una foto.

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A pocos metros un horno donde cocían el pan que, seguro, estaría delicioso.

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Antes de marchar me detengo un minuto a firmar en el libro de visitas y manifestar, así, mi agrado por el Museo al que, indudablemente, volveré.

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La visita es altamente recomendable para conocer y aprender una parte muy importante de nuestra historia, de nuestro pasado industrial.
Os aconsejo una excursión por la zona, os sorprenderéis.
Fotos: Andoni Rentería.

BAKIO, MUCHO MÁS QUE PLAYA Y TXAKOLÍ

¿Venís a la costa conmigo?
A 29 kms de Bilbao, limitando con Bermeo, Mungia, Maruri y Lemoiz llegamos a Bakio, un valle por el que discurre el río Estepona que va a morir en nuestro mar Cantábrico.
La belleza de este pueblo se debe a varios factores, entre ellos, la inconfundible arquitectura de sus edificios, muy típicos del norte, que voy admirando al entrar, mientras me dirijo al aparcamiento de la playa. Algunos fueron construidos en el siglo XVII y pueden conocerse siguiendo unas rutas señalizadas por el Ayuntamiento.
Más de cien caseríos se reparten por sus siete barrios formando una extensión de 16 km2 en la que 2500 personas están censadas
La agricultura es su mayor actividad económica siendo el txakoli el producto por excelencia. Si os fijáis, en muchas casas conservan estructuras para sus emparrados.
De hecho, desde hace un año, disponen de un centro de interpretación en el que se degustan diferentes caldos o se realizan talleres y actividades enfocadas al cultivo de la uva de tan preciado vino.

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Además, no podemos obviar, que el turismo es una gran fuente de ingresos para este precioso pueblo.
En verano son muchas y variadas las actividades para entretener a todos los veraneantes como la semana de la música, el festival de Folclore, el cine al aire libre o los diversos campeonatos de pelota vasca, surf o tenis que se organizan.
Imposible aburrirse con tantas alternativas y, sobre todo, con esa hermosa playa, la más larga del litoral vizcaino, donde tienen cabida familias con niños, surfistas, gente de paseo, grupos de amigos o parejas que, sentadas observando el ir y venir de las olas, hablan de amor.

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Tuve suerte y aparqué al lado de la playa; era un día de fiesta y se notaba en el buen ambiente que allí reinaba. Asimismo, el buen tiempo, acompañaba e invitaba a deambular por el paseo marítimo.
No dudé en sacarme una foto en el primer monumento que vi, dedicado a los deportes del mar y titulado VELAS CRUZADAS AL VIENTO.

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Al fondo el islote de San Juan de Gaztelugatxe unido a tierra por un puente de dos arcos, nos muestra desde aquí una imagen menos conocida pero de una gran belleza.

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Continué el camino hacia el final de la playa donde me senté a disfrutar del sol y del olor a mar.

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Pasados unos minutos regresé por el interior y me paré en el restaurante La Baquiense; tomé esta fotografía donde, muchos años antes, los aitites de mi querido Andoni pasaban sus vacaciones hospedados aquí.

Os dejo una foto de ellos con el permiso de Andoni.

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Llegué a uno de los puentes que cruzan el río Estepona, el otro se encuentra a unos cien metros hacia el interior, es de madera y, después de subirme y sacarme unas fotos, leí un cartel en el que ponía prohibido el paso por mal estado. Prometo que no lo vi cuando muy decididamente me subí a él.

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Desde aquí me dirigí hacia el Ayuntamiento donde pude contemplar en los jardines una escultura en homenaje a la figura del txistulari.

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De allí, entre calles, y siempre admirando las preciosas casas que salían a mi encuentro, me detuve delante de la residencia Zuetxe- Quinta Torre; un edificio del arquitecto Leocadio Olavarria construido en un estilo conocido como de “indianos”. Hoy en día se dedican a ofrecer un hogar confortable a los ancianos, con grandes espacios, buen trato, servicio de calidad y un inmejorable entorno.

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También admiré la bella construcción de la casa Rosario Enea, con su magnífico y bien cuidado jardín.

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Empezaba a estar cansada de tanto paseo y decidí que un mosto y unas rabas me vendrían bien para reponer fuerzas así que, elegí una terracita con vistas a la playa y allí me senté.
Con la tripa llena pero con ganas de seguir turisteando, me quedaba un rincón por fotografiar antes de mi regreso al Botxo. Me monté en el coche y, dirigiéndome a la salida del pueblo hacia Bilbao, por un camino ascendí hasta la iglesia Santa María de la Asunción.

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Este templo fue construido en el siglo X por vecinos, agricultores y pescadores y, a lo largo de los siglos, ha sufrido muchas y variadas remodelaciones.
Su pórtico ofrece unas fantásticas vistas al pueblo y, sobre todo, en un día como hoy el silencio aquí arriba me llena de paz.
Como siempre os digo, debéis salir y conocer nuestra geografía y nuestra historia y Bakio es un enclave estupendo para ello.

Fotos: Andoni Rentería.