DIARIO «EL HIERRO»

El 5 de julio de 1937 apareció por primera vez en Bilbao el diario EL HIERRO bajo la dirección de José Antonio Giménez Arnau, quien fuera un miembro destacado de la Jefatura Nacional de Prensa y Propaganda de la Falange Española.
En sus inicios se utilizó la sede del diario EUZKADI que había sido incautado por las fuerzas sublevadas. Más tarde se trasladó al antiguo periódico EL LIBERAL, propiedad del líder socialista Indalecio Prieto; cuyas instalaciones fueron, también, confiscadas por el régimen.

EL HIERRO coexistía durante el periodo franquista con otros diarios como LA GACETA DEL NORTE o EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO. Sin embargo, en sus mejores años, nunca superó los doscientos mil ejemplares de tirada. Fundamentalmente se nutría de los artículos que el diario madrileño ARRIBA publicaba por la mañana. De hecho, hubo voces que aseguraban que no consiguió éxito empresarial precisamente por esa dependencia de Madrid. Tampoco ayudaba el hecho de que no se renovaran sus instalaciones ni la maquinaria, por lo que no podían mejorar sus ediciones.
Al fallecer Francisco Franco y, con una tirada de 3000 ejemplares, el periódico comenzó un declive que ni con las requeridas modernidades pudo superar. Finalmente y, debido a las pérdidas económicas y a los pocos lectores, el gobierno socialista decidió cerrar este diario vespertino el 14 de febrero de 1983. Hoy en día, en este magnífico edificio de la calle Obispo Orueta, se ubica desde abril de 1990 el Hotel López de Haro.

Pero, si hubo un personaje relacionado con este medio de comunicación que muchos de vosotros guardaréis en la memoria, fue sin duda Alejandro, vendedor de este y de otros periódicos por las calles de la villa, con una curiosa manera de gritar los titulares más jugosos para llamar la atención de los viandantes. Alejandro, fue un bilbaíno txirene que vivió y falleció en la Casa de la Misericordia donde todavía se le recuerda.

 

FOTO: Todocolección cogida de Internet.

LA FALUA

Cuatro siglos atrás, en aguas de la ría, hubo una embarcación que destacaba por su elegancia, su colorido y por las personas a las que transportaba: la falúa del Consulado de Bilbao. Utilizada por las autoridades para desplazarse por la ría en actos protocolarios o festivos, se construyó para dar boato a las fiestas barrocas del siglo XVII, que empezaban a decaer debido a que los bilbaínos estaban más preocupados por la actividad mercantil que por el jolgorio.
La primera fecha en la que se utilizó, de la que se tiene constancia escrita, fue en 1670 cuando el cónsul holandés llegó a Portugalete y, desde allí, se le trasladó a Bilbao en la elegante falúa impulsada por veinte remeros.
Su mantenimiento consistía en un tratamiento a base de sebo que la protegía de la sal y la humedad. Además, se solía guardar en una lonja en la zona de la calle Ripa para su mejor conservación.
Nunca faltaba en la celebración del Corpus Christi, la fiesta más importante de la época. Su aspecto majestuoso y pulcro destacaba entre todas las embarcaciones. En la popa disponía de una carroza cubierta decorada con telas bordadas muy vistosas. En una mesa se disponían las viandas y las bebidas que disfrutaban los invitados mientras los alguaciles y criados navegaban a su lado en pequeñas chalupas. Aquello era todo un espectáculo, una demostración del poderío económico de unos pocos, frente a los humildes bilbaínos que observaban el dispendio desde las orillas de la ría.

En 1680, durante una de las crecidas de la ría, la falúa, inactiva en ese momento, fue a la deriva golpeándose contra los márgenes. Afortunadamente, las telas y brocados que la decoraban, no sufrieron daños, ya que siempre se recogían cuando la barca no era utilizada.
Todo esto sucedía en el siglo XVII. Sin embargo, comenzado ya el siglo XVIII, las alusiones a la falúa no mencionan ni la carroza ni los elegantes detalles decorativos, por lo que hace pensar que abandonó su actividad ceremoniosa y solemne para dedicarse a tareas más mundanas.
Actualmente, se puede ver una réplica en el itsasmuseum de Bilbao, que fue construida en el año 1999 por el modelista naval y carpintero de ribera, José Luis González, por encargo de la propia Fundación del Museo.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL CASINO DE ARTXANDA

En la primera década del siglo XX los bilbaínos apreciaban el ocio y la diversión tanto como los de este siglo. Les gustaban las fiestas, las reuniones de amigos y subir a los diferentes montes que rodean la villa. Uno de esos lugares donde disfrutaban y respiraban un aire más sano que el del centro de la villa, era el monte Artxanda.
La inauguración del funicular en octubre de 1915 fue un gran acontecimiento celebrado por todos, ya que facilitaba el acceso a la cumbre en apenas tres minutos.
A pocos metros de la estación, un majestuoso edificio observaba Bilbao desde las alturas. Se trataba del Casino de Artxanda; construido en la misma época que el funicular para uso de los bilbaínos era sinónimo del lujo y del buen vivir.
Fue escenario de grandes acontecimientos públicos y privados y, aunque pudiera parecer lo contrario, no era exclusivo de las clases sociales altas; cualquier ciudadano podía acceder a sus instalaciones y participar de sus variadas actividades. Muchas damas acudían a tomar el té sentadas en sus coquetas mesas, mientras los hombres se entretenían con sus interminables partidas de cartas.

Entre sus paredes se daban cita diversas asociaciones culturales, asociaciones de trabajadores, políticas o sociales que lo elegían por su amplitud y su buena mesa. Una gran galería acristalada servía tanto de comedor como de pista de baile; incluso se realizaban exhibiciones deportivas como la esgrima.
Diferentes gremios de trabajadores como el de las modistas o el de los conductores, no dudaron en celebrar allí sus festividades. También fueron muy habituales los homenajes literarios y las romerías.
En su exterior contaba con una pista de patinaje única en Bilbao que se ha mantenido hasta nuestros días; y que, el Ayuntamiento hace unos años, cubrió con un techo para que los bilbaínos pudiéramos practicar este deporte sin preocuparnos por la habitual lluvia.
Pero, el fabuloso y lúdico edificio se vino abajo por efecto de las bombas arrojadas durante la Guerra Civil y nunca más se reconstruyó. Solo nos quedan imágenes en blanco y negro que, al verlas, nos hacen imaginar cómo se divertían los bilbaínos en su interior.

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