EL ROBLE DE ARBIETO

Hace doscientos años, los bilbaínos que buscaban disfrutar de la naturaleza se acercaban a la república o anteiglesia de Abando, a la zona donde actualmente se encuentran las calles Diputación, Gardoki o Astarloa, a sentarse sobre la hierba de alguna de sus campas bajo la sombra de sus numerosos árboles, mientras degustaban sabrosas tortillas, deliciosos embutidos y fresco txakolí. Así transcurrían las tardes de asueto con un espectador grande y silencioso que pasó a la historia bilbaína como el Árbol gordo o roble de Arbieto, tomando el nombre de la casa torre cercana a él.
Se cree que su origen se debe a las dos hileras de robles que fueron plantados cuando se construyó la iglesia San Vicente Mártir en Albia, para embellecer el camino y facilitar la sombra a todo aquel que se acercara hasta el templo religioso. Bajo sus ramas se organizaban reuniones vecinales en las que se dirimían diferentes cuestiones relativas a la convivencia. Fue testigo de encarnizadas luchas, diana de balas perdidas en algunas de las guerras carlistas y víctima de un fuego provocado por un grupo de mozalbetes, que casi termina con su existencia.

Afortunadamente, eran muchos los que cuidaban y amaban al roble Arbieto, como el escritor costumbrista, Antonio Trueba, que escribía sus cuentos bajo su protección.
En el invierno de 1881, con setecientos años de vida, comenzaba a estar muy deteriorado; por lo que el consistorio bilbaíno decidió que lo adecuado era talarlo y dejar paso al progreso. En su lugar, se barajó la idea de plantar un retoño. Finalmente, se instaló un largo y delgado farol alimentado con gas, que proyectaba una tenue luz de noche y de día. Con su tronco hubo quien propuso tallar un banco para las autoridades, pero la idea tampoco prosperó.

Esta es la historia del Árbol Gordo o roble de Arbieto. Pero, en nuestra villa, existieron más árboles famosos y queridos como el Tilo del Arenal, las palmeras de la Plaza Nueva o el encino de la Salve. Todos, ya desaparecidos del escenario bilbaíno, se mantienen en la memoria, en los textos y en el corazón de todos.

FOTO DEL BLOG DE CÉSAR ESTORNES

DIARIO «EL HIERRO»

El 5 de julio de 1937 apareció por primera vez en Bilbao el diario EL HIERRO bajo la dirección de José Antonio Giménez Arnau, quien fuera un miembro destacado de la Jefatura Nacional de Prensa y Propaganda de la Falange Española.
En sus inicios se utilizó la sede del diario EUZKADI que había sido incautado por las fuerzas sublevadas. Más tarde se trasladó al antiguo periódico EL LIBERAL, propiedad del líder socialista Indalecio Prieto; cuyas instalaciones fueron, también, confiscadas por el régimen.

EL HIERRO coexistía durante el periodo franquista con otros diarios como LA GACETA DEL NORTE o EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO. Sin embargo, en sus mejores años, nunca superó los doscientos mil ejemplares de tirada. Fundamentalmente se nutría de los artículos que el diario madrileño ARRIBA publicaba por la mañana. De hecho, hubo voces que aseguraban que no consiguió éxito empresarial precisamente por esa dependencia de Madrid. Tampoco ayudaba el hecho de que no se renovaran sus instalaciones ni la maquinaria, por lo que no podían mejorar sus ediciones.
Al fallecer Francisco Franco y, con una tirada de 3000 ejemplares, el periódico comenzó un declive que ni con las requeridas modernidades pudo superar. Finalmente y, debido a las pérdidas económicas y a los pocos lectores, el gobierno socialista decidió cerrar este diario vespertino el 14 de febrero de 1983. Hoy en día, en este magnífico edificio de la calle Obispo Orueta, se ubica desde abril de 1990 el Hotel López de Haro.

Pero, si hubo un personaje relacionado con este medio de comunicación que muchos de vosotros guardaréis en la memoria, fue sin duda Alejandro, vendedor de este y de otros periódicos por las calles de la villa, con una curiosa manera de gritar los titulares más jugosos para llamar la atención de los viandantes. Alejandro, fue un bilbaíno txirene que vivió y falleció en la Casa de la Misericordia donde todavía se le recuerda.

 

FOTO: Todocolección cogida de Internet.

LA FALUA

Cuatro siglos atrás, en aguas de la ría, hubo una embarcación que destacaba por su elegancia, su colorido y por las personas a las que transportaba: la falúa del Consulado de Bilbao. Utilizada por las autoridades para desplazarse por la ría en actos protocolarios o festivos, se construyó para dar boato a las fiestas barrocas del siglo XVII, que empezaban a decaer debido a que los bilbaínos estaban más preocupados por la actividad mercantil que por el jolgorio.
La primera fecha en la que se utilizó, de la que se tiene constancia escrita, fue en 1670 cuando el cónsul holandés llegó a Portugalete y, desde allí, se le trasladó a Bilbao en la elegante falúa impulsada por veinte remeros.
Su mantenimiento consistía en un tratamiento a base de sebo que la protegía de la sal y la humedad. Además, se solía guardar en una lonja en la zona de la calle Ripa para su mejor conservación.
Nunca faltaba en la celebración del Corpus Christi, la fiesta más importante de la época. Su aspecto majestuoso y pulcro destacaba entre todas las embarcaciones. En la popa disponía de una carroza cubierta decorada con telas bordadas muy vistosas. En una mesa se disponían las viandas y las bebidas que disfrutaban los invitados mientras los alguaciles y criados navegaban a su lado en pequeñas chalupas. Aquello era todo un espectáculo, una demostración del poderío económico de unos pocos, frente a los humildes bilbaínos que observaban el dispendio desde las orillas de la ría.

En 1680, durante una de las crecidas de la ría, la falúa, inactiva en ese momento, fue a la deriva golpeándose contra los márgenes. Afortunadamente, las telas y brocados que la decoraban, no sufrieron daños, ya que siempre se recogían cuando la barca no era utilizada.
Todo esto sucedía en el siglo XVII. Sin embargo, comenzado ya el siglo XVIII, las alusiones a la falúa no mencionan ni la carroza ni los elegantes detalles decorativos, por lo que hace pensar que abandonó su actividad ceremoniosa y solemne para dedicarse a tareas más mundanas.
Actualmente, se puede ver una réplica en el itsasmuseum de Bilbao, que fue construida en el año 1999 por el modelista naval y carpintero de ribera, José Luis González, por encargo de la propia Fundación del Museo.

FOTO: ANDONI RENTERIA