EN BUSCA DE UNA VIDA MEJOR

La inmigración, como todos sabemos, no es una palabra actual, no es un movimiento moderno.
A finales del siglo XIX Bilbao ya era una ciudad cosmopolita habitada tanto por ciudadanos venidos de diversos países europeos como de todas las provincias españolas.
Toda Vizcaya era un imán para estas personas que llegaban esperanzadas en busca de trabajo, en muchos casos relacionado con la minería y la industria, tan importante en aquel momento.

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Esta realidad social contribuyó al incremento de matrimonios y nacimientos en nuestra provincia, creando así más riqueza.
La tasa de crecimiento de nuevos bilbaínos era la mayor de Euskadi entre los años 1877 y 1900, con un 64% frente al 3% de Álava y al 17% de Gipuzkoa.
Sin embargo, aquel aumento de la población no fue equitativo en la provincia, sino que hubo zonas como Abanto o Santurce que, debido a la actividad empresarial, su censo creció considerablemente. Tanto como para que las condiciones de vivienda, higiene o salubridad no fuesen las más óptimas.
La mayoría de los inmigrantes se integraron perfectamente y formaron familias en Euskadi, con lo que la vida social, política y económica nunca volvió a ser lo que era cien años atrás.
Y…como la vida siempre se repite, actualmente estamos asistiendo a la diáspora de nuestros jóvenes por medio mundo y a dar la bienvenida a los que buscan una vida mejor en nuestro país.

LA FÁBRICA DE ECHEVARRIA

La antigua fábrica de Echevarría que, para algunos, es un recuerdo muy vago, comenzó a gestarse en 1878 cuando José Echevarria y sus hijos Federico y José adquirieron el caserío Rekalde y sus terrenos, en la zona de Begoña.
La parte más baja de aquellas hectáreas se la vendieron a la Fábrica Municipal de Gas.
Su actividad comenzó con un taller de laminación y estampación de hojalata.
Poco a poco iban ampliando el negocio y comprando más terreno. En 1886 comenzaron a fabricar clavos de herrar que distribuían por todo el mundo.
En 1894 Federico Echevarria llegó a un acuerdo con Frederick Siemens para instalar el primer horno de acero de esta marca en España.

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Los casi 23000 metros cuadrados de los terrenos Recalde comenzaban a ser insuficientes, por lo que Echevarria adquirió las fábricas de alambres Santa Ana en Castrejana y la Fundición de hierro de Santa Águeda.
En 1903 formó la sociedad Federico Echevarria e hijos la cual producía al año 2500 toneladas de acero.
Diecisiete años después pasó a ser Echevarria Sociedad Anónima, empresa de fabricación de aceros finos y especiales con el nombre en el mercado HEVA.

Fábrica de Etxebarria, en Begoña

En 1963 ya se hacía imposible trabajar en este espacio que era totalmente insuficiente, así que decidieron su traslado a Basauri.
A partir de 1980 ya no hubo actividad y siete años más tarde, siendo alcalde el Sr. Gorordo, el Consistorio bilbaíno realizó la compra de estos terrenos que, tiempo después, pasaría a ser uno de los pulmones de Bilbao.
Para el recuerdo nos queda su ya famosa chimenea.

Y…ENTRARON EN BILBAO

El 18 de junio de 1937 para muchos bilbaínos fue una jornada marcada por el miedo, el horror y el desconcierto. Momentos de angustia que se vivieron en Bilbao en pleno escenario de una guerra civil en la que no habían pedido entrar.
Los avisos de ataque eran continuos y debían acudir a refugiarse dejando aquello que estuvieran haciendo. Algunos se protegían en iglesias, como la de Santiago, donde el padre Francisco Vidal generosamente acogía a aquellas asustadas personas.
Catorce fueron los que aceptó aquel día y los introdujo en un cuartito de la parte derecha del templo en la que la única ventilación consistía en una ranura que daba al pórtico.
José Antonio Aguirre con sus consejeros observaba desde la terraza del hotel Carlton, (sede de la presidencia en ese momento) cómo la resistencia luchaba denodadamente para defender Bilbao.
Días atrás ya se inició la ruptura del cinturón de hierro por parte del ejército del norte del bando sublevado, con apoyo de 110 aviones alemanes y numerosos carros de combate.
Algunos ya veían que la partida estaba perdida y muchos fueron los soldados que regresaron con sus familias.
Mientras iban cayendo poblaciones como Derio, Plentzia, Lezama, Algorta, Basauri o Sondika, Bilbao seguía resistiendo con el ánimo cada vez más dañado.
Parte del Gobierno fue evacuado a Trucíos entretanto, en Artxanda se desencadenó una sangrienta batalla.
El 19 de junio, la ciudad amaneció en silencio, un silencio que no presagiaba nada bueno. Las calles desiertas. Entonces comenzaron las detonaciones para la destrucción de los puentes y evitar, así que los ejércitos los cruzaran.
Se corrió el rumor de que harían volar también el Casco Viejo y varias familias huyeron andando hacia Begoña, de allí a Artxanda para dirigirse a Asua.
No estalló, afortunadamente, y los vecinos pudieron volver a sus hogares.
La mañana del 20 todo había cambiado; se escuchaba música militar en las calles. Todo había terminado o…no.
Bilbao estaba ahora en sus manos.

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