LAS FIESTAS DE ANTAÑO

Las fiestas de Bilbao siempre han tenido muy buena acogida por parte de los vecinos de la villa y, cómo no, por los visitantes que venían y vienen a disfrutarlas.
Desde el siglo XVI durante el Corpus se celebraba una feria taurina que comenzaba con una procesión de la Corporación Municipal por las calles de la ciudad. A partir de ese acto y, durante ocho días, Bilbao se llenaba de alegría, color, danzas, gigantes y cabezudos…y, por la noche, fuegos artificiales y romerías.
La ría era otro escenario festivo donde se organizaban regatas, se instalaban cucañas y había competiciones de gansos.
No solo los concursantes ocupaban la ría, también los bacaladeros noruegos e ingleses aprovechaban el atraque en Bilbao para unirse a la jarana de esos días.
Era, además, habitual que se acercaran hasta Bilbao gente de provincias cercanas como Burgos, La Rioja o Cantabria. Todos conocían lo bien que se pasaba en la villa en esas fechas.
Hubo también otra época festiva que fue la Feria de Ganado, que comenzaba el 25 de julio y durante una semana se podía ver ganado en el campo ferial de Basurto que el Ayuntamiento acondicionaba para la ocasión.
Muchos años después, concretamente en la década de los sesenta del siglo pasado, las fiestas comenzaban a parecerse a las de hoy en día pero más sosas.
Las actividades consistían en danzas, pasacalles con txistularis, regatas de bateles y espectáculos de marionetas por los barrios. Eso sí, no faltaban los fuegos artificiales nocturnos y el baile.
Lo que realmente destacaba de aquella semana grande y la convertía en especial eran las corridas de toros. En Bilbao siempre ha habido mucha afición por este, considerado por muchos, arte. Pero, si hubo algo por lo que se recordará aquella Aste Nagusia de 1962 es por la reaparición de los Gigantes, los Cabezudos y el Gargantua, promovida por el director de Radio Bilbao, en ese momento, el Sr Ruiz de Velasco.

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Otro espectáculo que no faltó, además de las consabidas representaciones teatrales, fue el siempre entrañable Circo Atlas instalado en la Campa de los Ingleses, donde los hermanos Tonetti arrancaban buenas carcajadas a los bilbainitos de la época.

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Esa era la manera de celebrar una semana que todos esperamos durante las otras 51 semanas del año que no dista mucho de las de hoy en día, por lo menos en las ganas de diversión.
GORA ASTE NAGUSIA!

MOTÍN DURANTE LAS FIESTAS

El mes de agosto en Bilbao siempre ha sido conocido por sus fiestas, nuestra semana grande, alegría, diversión, baile, juegos y muchas cosas más.
En el año 1921, las fiestas de verano pasaron a segundo plano por varios motivos, uno de ellos venía dándose desde hacía años: eran sosas. Se decía que el Ayuntamiento escatimaba en gastos y así era imposible divertirse sin unos buenos espectáculos.
Otra de las causas para que aquellos festejos no tuvieran gran repercusión fue el tumulto que se formó en la cárcel de Larrinaga que restó protagonismo a la Semana Grande.
El 24 de Agosto unos desagradables incidentes habían desatado un motín en aquella prisión en los arrabales de Bilbao.
El motivo de tal estallido no fue otro que el destrozo de unas botas propiedad de un reo, por parte de otro apodado “El Pirata”.
El señor Caballud, director de la cárcel, ordenó encerrar en una celda de castigo a dicho “pirata” ya que, durante el interrogatorio, este se mostró de manera altanera y grosera.
El acusado comenzó a gritar pidiendo socorro, lo que hizo que otros presos secundaran sus alaridos, por lo que también se les trasladó a otras celdas especiales.
A estos alborotadores se les unieron otros reclusos que golpeaban rejas y paredes con vasos y platos, llegando, incluso, a derribar un tabique.
Al director no le quedó más remedio que avisar al Gobernador Civil quien hizo acudir a la Guardia Civil.
La policía contuvo aquella revuelta, pero el problema no estaba resuelto.

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Al día siguiente los presos se declararon en huelga de hambre. En algunos medios se aseguraba que eran alentados por comunistas y sindicalistas para formar el jaleo; así que, se acercaron hasta el penal, el Presidente de la Diputación y el Vicepresidente de la comisión provincial de prisiones quienes hicieron una encuesta entre los presidiarios y concluyeron que el problema radicaba en la calidad del rancho.
A instancias de estas autoridades se mejoró la calidad de los alimentos y todos los reclusos abandonaron la huelga.
Los periodistas que, hasta allí se acercaron, no contentos con la resolución del motín, preguntaron a aquellos hombres y llegaron a la conclusión de que el rancho no era el verdadero motivo.
Pero, sobre aquella historia, no trascendieron más datos.

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LA CHELITO BUSCABA LA PULGA

Hubo un tiempo, hace ya un siglo, en que el que se buscaba afanosamente un insecto, concretamente una pulga.
En el Salón Vizcaya, los tumultos se desencadenaban cuando la bella “Chelito” aparecía en el escenario completamente vestida y contaba, mientras se rascaba, a los expectantes hombres que allí se encontraban, que una pulga se había colado entre sus ropas.
Ella, pícaramente, preguntaba al entregado público dónde podría estar aquel bichito, a lo que los caballeros, jóvenes universitarios o ancianos babeantes, le iban dando pistas mientras ella seguía en su empeño de rascarse.
“La Chelito” enseñaba poco; únicamente se levantaba la falda unos centímetros pero, aquel gesto, era suficiente para que sus admiradores llenaran a diario aquel local de la calle San Francisco en Bilbao la Vieja, que se mantuvo abierto hasta el fin de la Guerra Civil y luego se convirtió en cine hasta que en 1981 cerró sus puertas para siempre.
Pero no fue el único lugar donde se podían admirar bellezas cantarinas y picaronas. El Pabellón Vega se inauguró en marzo de 1910 siendo su dueño Julián Vega padre del escritor Luis Antonio de Vega.
No muy lejos de su máximo competidor el Salón Vizcaya, este local contaba con “La Bella Peodima”, la gran estrella de la época en su género.

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Era muy conocida tanto por jóvenes como por maduritos caballeros, su picaresca encima del escenario. Pero no a todo el mundo le agradaban aquellos espectáculos. Muchos sacerdotes, entre ellos el Padre Basterra, arremetían desde sus púlpitos día sí y día también contra estas lúdicas prácticas.
Aquello, muy a su pesar, consiguió darles más publicidad y, por lo tanto, más clientes.
Las monjas del cercano convento de las Siervas de Jesús también se oponían a la picaresca de las vedettes y denunciaron ante el Gobernador la manera que tenía Julián Vega de anunciar su espectáculo a golpe de campana, cuyo sonido se escuchaba en medio Bilbao, alegando que no podían dormir. Pero, el propietario del local no se amedrentó y las denunció asegurando que él también sufría con las campanadas matinales del centro religioso.
Finalmente cedieron ambas partes suprimiendo los sonidos de campanas.
El Pabellón Vega continuó divirtiendo a los bilbaínos hasta que bajó la persiana y se convirtió en exposición de coches, después en fábrica de dulces para terminar siendo un almacén de huevos y, en 1974, se procedió a su derribo.
Mucho han cambiado los espectáculos ¿No os parece?