GORDEXOLA, UN PUEBLO CON HISTORIA

El municipio de Gordexola se encuentra a veinte kilómetros de Bilbao en la comarca de Las Encartaciones.

Poco más de mil setecientos habitantes conviven en una superficie de 41 kilómetros cuadrados.

El patrimonio arquitectónico de este pequeño pueblo es impresionante. Son muchas las casonas, casas-torre, ermitas e iglesias que salpican el municipio.

Varias mansiones de los indianos que, habiendo amasado una fortuna, volvieron a sus orígenes y edificaron majestuosas viviendas, con sus jardines donde no faltan las palmeras que le da ese toque de exotismo y prosperidad.

Las casas-torre, con el tiempo, se convirtieron en palacetes tras reformar sus fachadas austeras y sólidas.

Los montes rodean este enclave en el que no falta el río Herrerías que cruza el pueblo, llamado así debido a la cantidad de ferrerías y molinos que jalonaron los márgenes. En el siglo XIX las ferrerías decayeron, dando paso a un movimiento migratorio que continuó en el siglo XX.

Hoy en día sus orillas sirven para pasear, sentarse en un banco o realizar ejercicios de gimnasia en alguno de los aparatos allí instalados.

Muy cerca del puente, el antiguo matadero municipal ha sido reconvertido en sede de la Peña del Athletic.

A finales de noviembre, por San Andrés, se celebra la feria ganadera más importante de la comarca y, hasta aquí, se acercan vecinos y ganaderos de toda la zona cumpliendo, así, con una tradición que se lleva realizando desde el año 1709.

Una mañana soleada de invierno, me dirijo hasta aquí para visitar este pequeño pueblo y observar las grandes casonas.

En la plaza del Molinar me siento en uno de sus bancos, imaginando las tardes en las que la orquesta hace sonar sus instrumentos en el kiosko, para disfrute de los vecinos.

Me fijo en una gran piedra que indica que el árbol situado al lado es un retoño del árbol de Gernika.

A pocos metros de aquí la iglesia de San Juan de Molinar se hallaba cerrada y en silencio en ese momento, al igual que la escuela.

Sigo andando hacia el frontón cubierto, donde, me explican, que también sirve para disputar partidos de baloncesto.

Detrás del edificio del Ayuntamiento me sorprende una curiosa escultura. Se trata de un jabalí, icono de las fiestas de San Cosme, en Septiembre. Esta escultura fue un regalo de un socio de la Peña del Athletic de Gordexola que reside en Nicaragua.

Mis pasos me llevan hasta la verja del antiguo Colegio San José, en un alto, que, actualmente, se dedica a tratar a las personas enfermas de adicciones.

A pesar de no ser un pueblo muy grande dispone de servicios básicos e, incluso, de un acogedor hotel.

Me voy con una grata sensación de haber paseado por un lugar cargado de historia, a pocos kilómetros de Bilbao.

FOTOS: ANDONI RENTERIA.

UN CASTILLO DE CUENTO

Sobre una colina, en el municipio de Gatika, a escasos veinte kilómetros de Bilbao, se yergue el castillo de Butrón rodeado de un bosque con árboles centenarios de hasta 500 especies diferentes.

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Pero, no siempre tuvo el aspecto de castillo romántico que luce actualmente.
En el siglo XIII los Señores de Butrón eran los propietarios de una casa-torre testigo de encarnizadas guerras banderizas que, pasados los años, el V Señor de Butrón transformó en un castillo que terminó deteriorándose por abandono a partir del siglo XVI, cuando aquellas cruentas luchas desaparecieron.
Hasta que, en 1878, el marqués de Torrecilla, don Narciso de Salabert y Pinedo, solicitó al arquitecto Francisco de Cubas (también marqués), que reconstruyera al estilo europeo de la época, aquel edificio ruinoso.
El marqués de Cubas se inspiró en formas góticas, nórdicas y fantásticas, y se inventó almenas y ventanas.

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La obra duró veinte años y, desgraciadamente, el marqués de Torrecilla falleció antes de ver terminada la residencia de verano, como así la llamaba.
Desde niña he visitado muchas veces el castillo y su entorno, que parece sacado de un cuento de princesas.
Hace unas semanas decidí volver a este escenario mágico que, actualmente, es propiedad de una compañía constructora y se encuentra a la venta, después de haber fracasado el negocio de organización de eventos en su interior.

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Aparqué el coche a pocos metros de la entrada al recinto y me fijé en la parte baja del castillo, la que se conserva intacta desde el siglo XVI. A cierta altura se observa claramente la diferencia de las piedras, donde comienza la parte construida hace más de un siglo.
Los muros, con un grosor de cinco metros, les servían para protegerse de aquellos enemigos que ansiaban y envidiaban su poder.

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Después de un paseo contemplando almenas, la torre del homenaje, las estrechas ventanas y cada pequeño detalle de la fachada de este majestuoso castillo, me monté de nuevo en el coche con la sensación de haber sido protagonista de un cuento de reyes y princesas de los hermanos Grimm.

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Como siempre, os aconsejo una visita a la zona.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.